Lo que aprendí de 30 días sin redes sociales

El mes pasado decidí hacer un detox digital: cerré todas las redes sociales, removí las aplicaciones del teléfono, desactivé las notificaciones y evité cualquier actividad social en línea.

Fue un experimento para verificar si es que en realidad soy adicto a estos sitios.

La verdad es que nunca he sido un fan de las redes sociales. Para mí simplemente son herramientas que, como cualquier otra, están para usarse cuando se necesita lograr algo (comunicarte con alguien o compartir una idea, por ejemplo) por una buena razón. Lamento ser yo quien te lo diga, pero ver videos de gatitos o investigar el chisme del día no son buenas razones.

Aún recuerdo, como si fuera ayer, el comienzo y auge de Facebook. Todos mis amigos me insistían en que creara mi cuenta, pero yo me resistí tanto que pasó más de un año antes de que decidiera abrir mi perfil.

No te voy a mentir, cuando lo hice me obsesioné por un tiempo; a cada rato veía lo que publicaban todos mis amigos, me enteraba por igual de la fiesta de aquel compañero que casi no conozco —ni me interesa conocer— y de lo que se había comido mi padrino en un bonito restaurante.

Luego, mientras estaba creando mi primer proyecto en la web, todos los expertos estaban diciendo que para tener éxito se necesitaba estar publicando constantemente en todas las redes sociales. Que si no publicabas algo cada tres horas, ibas a perder clientes.

Ahí me veías escribiendo textos inútiles a cada rato; programando tweets para que supieran que estaba “presente”; poniendo frases inspiradoras en Facebook para que supieran qué tan bueno era. En realidad sólo copiaba frases de otros.

Básicamente, por varios años me la pasé publicando, compartiendo y viendo lo que había en las redes sociales, pegado a ellas como vil moco. Pero todo ese tiempo yo me seguía preguntando: ¿en realidad vale la pena estar siempre conectado?

Un día, leyendo un artículo de Paul Jarvis, encontré que se ausentaría de las redes por un mes. Inmediatamente me cayó el veinte de que yo podía hacer lo mismo. Si él, un autor y diseñador bastante conocido en el mundo digital, podía hacerlo, ¿por qué no un simple mortal como yo?

Me di a la tarea de intentarlo.

La experiencia detox

Por treinta días consecutivos no habría ninguna publicación ni rastro de mí en el mundo digital.

Cerré sesión en todas las cuentas, removí las aplicaciones de Twitter e Instagram —la gente se sorprende cuando lo digo, pero la verdad es que nunca instalo la app de Facebook— y puse en silencio el celular.

Una pequeña aclaración: no considero WhatsApp una red social ya que en realidad es una mensajería instantánea, lo mismo que el Messenger dentro de la red social Facebook. Por lo que todavía usé estos servicios para comunicarme mientras hacía el detox, aunque reduje las notificaciones a lo mínimo.

Tenía la intención de aclarar la duda de toda persona en nuestra generación —o eso es lo que espero con este artículo—: ¿qué pasaría si no me conectara a ninguna red por un periodo largo de tiempo?

Por eso, a continuación me gustaría mostrarte algunos aprendizajes que tuve en el transcurso de este experimento.

  • Esa necesidad de hacer scroll.

Cada mañana sentía que me hacía falta algo. Al parecer era ese hábito que me había creado; levantarme, conectarme a Facebook, Twitter o Instagram y hacer scroll en las noticias nuevas.

Hasta entonces nunca me había preguntado: ¿cuál es esa adicción que le tenemos al scroll? ¿Por qué pasamos horas viendo todo lo que ponen todos? ¿Qué es lo que en realidad estamos buscando?

Mientras las respuestas no fueron claras al instante y sabiendo que no podía acceder a ninguna de estas redes ni quería deprimirme leyendo noticias, en esos días abría páginas como ESPN para enterarme de lo último del fútbol y ProductHunt para los proyectos más interesantes. Inclusive abrí más el correo, buscando tener algo nuevo que leer…

Me tomó un tiempo desacostumbrarme a esa necesidad del scroll, pero una vez logrado, pude poner mi atención en actividades matutinas más importantes, como planear el día, meditar, etc.

Lección aprendida: ahora soy más selecto en los sitios o apps que quiero ver cada mañana.

  • Me sentí un poco distante.

Durante los primeros días tenía la sensación de estar desconectado del mundo.

Como me encontraba viajando —qué raro, ¿verdad?—, era difícil saber que no podía compartir mis experiencias al instante o simplemente, que no me enteraría de qué estaban haciendo mis amigos cercanos. Extrañaba esa conexión inmediata que dan estas redes sociales.

Muchas veces creí que no me importaba la respuesta de mis publicaciones, pero me di cuenta de que es todo lo contrario: añoraba los likes o corazones de la gente.

En el pasado edité varias veces un texto o busqué la foto perfecta, esperando que el humor, la creatividad o lo interesante de mi publicación pudiera atraer más atención. Al parecer esos pequeños estímulos de dopamina son reales.

Pero con algunos días transcurridos, me di cuenta de que realmente no es necesario estar compartiendo todas mis actividades diarias. Sólo hasta entonces me brindé la libertad de disfrutar el presente en vez de documentarlo.

Lección aprendida: entiendo que las redes sociales sí cumplen la función de mantenernos conectados, pero es bueno mantener cierta distancia para apreciar más.

  • Sentí más espacio.

Ya que me empecé a acostumbrar a estar desconectado, por mas hippie que pueda sonar, en realidad tuve oportunidad de estar más tiempo conmigo mismo.

El tiempo que pasaba preparando una foto o escribiendo un nuevo tweet, ahora lo podía usar para hacer actividades más útiles. Así, encontré más tiempo para pasar con mi familia o para tomar un curso. Hasta volví a jugar videojuegos, ¡y tenía mucho rato que no lo hacía!

Si lo piensas bien, ya no hay tiempo libre en nuestras vidas. Siempre estamos en el celular cuando esperamos en alguna fila, cuando comemos, justo cuando nos levantamos o cuando nos perdemos un atardecer.

Por la cantidad de distracciones que tenemos a la mano, el tiempo para nosotros mismos lo dejamos para después.

De hecho, algunos ratos de no hacer nada me hicieron definir más los planes sobre mis proyectos; generé nuevas ideas de negocio, definí mejor el nicho de mi audiencia y preparé nuevos textos para el blog.

Lección aprendida: el tiempo para uno mismo, alejado del bullicio digital, es necesario para aclarar todo tipo de planes.

  • Fui más productivo.

Ya que no había otra cosa más que hacer en la computadora, las distracciones eran muchas menos, lo que me permitió trabajar de forma más eficiente.

Podía levantarme, tomar un café y dedicar toda la mañana a escribir. Luego a conseguir clientes o trabajar con ellos. Podía agendar espacios de tiempo para leer algún curso nuevo. Tenía más oportunidades de programar algo. Yo y el código. Solos. Juntos, creando nuevos sitios web.

Debo aceptar que aún tenía otras formas de distraerme, pero también es cierto que mi productividad aumentó mucho, a diferencia de los días en que revisaba más las redes sociales.

Lección aprendida: ahora me pongo bloques de tiempo para ver las redes sociales, lo cual se refleja en una mejor productividad.

  • Es posible estar desconectado y tener un trabajo digital

La duda más grande que tenía acerca de este experimento era si podría mantener el nivel de interés de mi audiencia y la captación al estar desconectado.

Afortunadamente, aquí sigo, escribiendo un artículo para ti. Todo se mantuvo igual. O mejor, ya que el número de seguidores en mis tres redes principales siguió creciendo.

Como mis artículos generalmente están hechos sin una fecha de vencimiento, ya que no son noticias —se denominan artículos evergreen—, mucha gente seguía leyendo mis artículos y se suscribía para esperar un nuevo mensaje a pesar de mi ausencia. El número de correos en mi boletín seguía creciendo y yo era muy feliz.

En cuestión del trabajo, logré mejores resultados con los proyectos de clientes, ya que podía enfocarme completamente en ellos. Lo mejor es que casi ninguno se enteró de que estaba alejado de las redes.

Lección aprendida: se puede tomar un descanso de las redes sin que afecte dramáticamente tu negocio.

  • Facebook es un mal necesario

Es increíble, pero es cierto que todo lo que está pasando se encuentra en Facebook.

En los días de mi experimento, tuve que conectarme algunas veces, ya que debía usar los grupos de Facebook para vender algo o necesitaba ver la publicación en la misma red de la plática que daría en una conferencia.

La situación fue esta: como muchas personas están conectadas ahí, es sencillo no preocuparse por tener otros medios para hacer contacto aparte de ese. Por suerte, con algunas de esas personas pude continuar la conversación a través de otro medio que no fuera esta red. Siempre encontrábamos una manera de seguir en contacto.

Lección aprendida: no queda otra que usar Facebook para ciertas actividades.

  • Sí se extraña estar conectado

Por último, durante los últimos días del experimento extrañaba demasiado saber lo que estaba pasando en el mundo digital. Me hacía falta expresar algo a mi audiencia e interactuar con ella.

Por eso ahora aprecio más estas redes sociales, ya que al final entiendo que sí funcionan como una manera eficaz de transmitir mensajes o mantener comunicación con la gente. Sólo hay que tener una voluntad fuerte para no distraerte cuando te conectas.

Principalmente extrañaba mucho Instagram, ya que en esta red únicamente sigo a creativos que admiro; antes, cada mañana que entraba, me llenaba de energía al ver a todas estas personas haciendo cosas mucho más interesantes que las que yo hago.

Lección aprendida: definitivamente no pienso cerrar mis redes sociales por siempre, pero las usaré de manera más eficiente.

Una sensación liberadora

Es curioso pensar que gracias al internet tenemos en nuestras manos una gama impresionante de información, y es más curioso todavía que muchos sólo piensen en gastar su tiempo en las redes sociales.

Lo peligroso es que estas definen lo que vas a pensar cada día. Si están publicando sobre un partido de fútbol o una noticia importante, toda tu atención se irá a esos temas al tiempo que echas a perder por completo el plan que tenías.

Por eso creo que es muy importante lograr un equilibrio. Saber cuándo es necesario conectarte y cuándo sólo estas perdiendo el tiempo.

Después de mi detox, descubrí que no pienso retirarme por completo de las redes. Tampoco voy a sugerirte que lo hagas. Sin embargo, volveré una costumbre repetir esta práctica por lo menos una vez al año, ya que me ayuda mucho a aclarar mi mente y regresar con buenas pilas.

Si estás pensando que tú no puedes hacer el mismo experimento o que es una idea muy tonta, ¡puede ser sinónimo de que también tengas una adicción!

Si es así, te recomiendo que tú también hagas la prueba. Elimina todas las aplicaciones y desactiva tus notificaciones. Por una semana, por treinta días o más. Si pudimos vivir tantos años sin estas redes, seguramente lo podremos hacer ahora.

Aquí abajo te dejo los pasos y las herramientas para hacer tu propio detox:

Pasos

  1. Avisa que estarás ausente.
  2. Cierra sesión en tus redes sociales.
  3. Quita de favoritos tus redes.
  4. Elimina aplicaciones de tu teléfono.
  5. Desactiva notificaciones en teléfono/correo.
  6. Disfruta tu tiempo libre.
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