Lo complicado de viajar en pareja

Viajar es genial cuando compartes recuerdos con una pareja. Pero, ¿es tan bonito como lo pintan?

Acompáñame a ver esta triste historia.

A finales del año pasado vivía muy cómodo en la ciudad de Chiang Mai, Tailandia . Me encontraba haciendo cosas de nómadas cuando, un buen día, conocí a una chica de Rusia rubia, guapa y alegre. Hicimos clic inmediatamente.

Obviamente no la dejé ir; pedí su contacto, la invité a salir y pasamos un lindo tiempo conociéndonos por las calles tailandesas.

Cuando le propuse que fuéramos novios, me dijo que sí. Pero con una condición: que fuera algo “serio”.

Siendo un nómada sin intenciones próximas de sentar cabeza —una postura que me tomo con mucha incertidumbre—, ¿cómo puedo describir lo que es “serio” en este contexto particular?

Sin saber con exactitud a lo que se refería y cegado por el cariño, simplemente le dije que sí.

A veces creo que tengo una maldición con el amor.

Cuando tenía 17 años tuve mi primera novia. Todo fue bien por unos meses, hasta el momento en que ella decidió terminar la relación.

Debido a que yo iba a estudiar a otro estado, lejos de mi ciudad natal (donde nos conocimos), iba a ser imposible mantener una buena comunicación.

Para ser mi primera experiencia, ¡fue bastante triste! Pero lo acepté.

Desde entonces mis relaciones se han terminado a causa de que uno tiene que estar lejos del otro.

Me sucedió con una pareja que conocí durante mi intercambio estudiantil en Italia. También cuando estudiaba en Puebla. Con mi situación actual de nómada me sucede más seguido.

Al moverme por ciudades de manera constante, me he acostumbrado a decir adiós…

Todo iba viento en popa con esta relación.

Como yo tenía pensado quedarme en Asia por un tiempo, sabía que lo que teníamos iba a durar.

Pero todo cambió cuando me invitaron a dar una plática en Buenos Aires. Siendo que aquello significaría mi primera vez de visita en Sudamérica, quería quedarme un tiempo para conocer más.

Ella, al enterarse, bueno… se puso triste. Inmediatamente me demandó encontrar una solución. Teníamos dos opciones: ir juntos o terminar nuestra relación.

Justo ese es el momento que me recuerda lo salado que estoy. Siempre me pasa.

Ante todo pronóstico, quería romper la maldición, así que hice todo lo posible por llevarla conmigo. Y tras unos días de planeación y mucho estrés en el proceso, conseguí un segundo boleto.

Los siguientes meses íbamos a viajar juntos a poblaciones latinoamericanas como Buenos Aires, Medellín, Cartagena, Oaxaca, Ciudad de México, entre otras más.

Lo mejor —o eso creía yo— de nuestra relación estaba por comenzar.

Viajar en pareja

¿Has visto las fotos en Instagram de parejas que viajan derramando dulzura sobre la torre Eiffel y dejando estelas de amor entre los canales de Venecia?

No les creas. Por lo menos no a todas. No sé cómo le hacen o si ocultan algo, pero no todo es felicidad.

Es cierto que viajar con pareja tiene sus lados bonitos, pero es bastante difícil mantener una relación sana estando las veinticuatro horas juntos.

Como mi (ex) novia no habla español, fue complicado conseguir amistades nuevas en nuestra visita a Buenos Aires y en las siguientes ciudades que visitamos.

Era un evento muy importante para mí. Me sentí un poco triste al saber que ella no estaría presente por ese detalle, lo único que quería era compartirle esos momentos y celebrar juntos.

Los días de la conferencia me di cuenta de cuánto afecta el idioma dentro de una relación.

Cuando salíamos juntos, al conocer nuevas personas había señales de celo por ambas partes. Y las ocasiones en que salí solo, ella no podía estar contenta si me dejaba de escribir.

Creo que en Medellín me perdí de muchas amistades o eventos por la constante atención que me demandaba.

Viajar en pareja tampoco es tan barato como lo pintan. Tener intimidad difícilmente se logra compartiendo camas en hostales o sofás en casas ajenas.

Lo mejor es tener un espacio privado. Recuerdo bien que, mientras nos acoplábamos a un lugar nuevo, rentábamos un departamento completo mediante Airbnb. Me sorprendí de lo caro que era, por lo menos en Argentina.

Lo bueno fue que luego ella aceptó la realidad y cambiamos a la opción de rentar un cuarto de hotel mientras buscábamos un departamento para vivir por temporada larga .

Lo ideal es dividir todo, pero en nuestro caso mi solvencia económica era mayor, por lo que yo cubría la mayor cantidad de gastos para así apoyarla.

Aunque compartíamos la ventaja de trabajar en línea, había una pequeña diferencia que lo complicaba todo: su trabajo era dependiente de un horario específico.

Como debía enseñar inglés a unos niños en China, el cambio de horario al estar en el continente americano era terrible. Todos los días debía dar clases desde las 5 hasta las 7 de la mañana.

Tratábamos de dormir más temprano cada día, pero no era fácil. A diario, sus desveladas nos ponían en un ambiente bastante agitado.

Esto me hizo entender por qué prefiero tener mi propio negocio a un trabajo con horario, aun cuando sea remoto.

Viajar en pareja se trata de formar un equipo, y para que funcione, debe haber mucha comunicación, acto que nos falló varias veces.

Cada quien tenía sus exigencias particulares, y aunque algunas eran puro capricho, pudimos haber ahorrado muchas disputas si las hubiéramos discutido con anticipación.

Con el tiempo, nuestras diferencias salieron a relucir. Había una constante batalla por definir quién tenia la razón.

En cada viaje buscábamos culpables de nuestras malas elecciones, las cuales a veces incluían el lugar en donde viviríamos. Llegamos a echarnos la culpa el uno al otro hasta por el clima de la ciudad o el mal servicio de un restaurante.

Al final, todo lo que vivimos nos ayudó a conocernos mejor. Nos quisimos mucho a pesar de todos nuestros defectos. Sí, ahora me toca decir lo “cursi”.

Viajar con una pareja también es una experiencia increíble. Resulta invaluable que haya una persona con quien puedas compartir todo, desde las locuras hasta los malos momentos.

Me encantaba verla sonreír. Disfrutaba mucho su presencia. No había nadie con quien hubiera querido estar viviendo aquellas experiencias más que con ella.

Para celebrar su cumpleaños de buena manera, me la llevé a Cartagena de Indias, Colombia, por cinco días.

Recorrimos todas las coloridas calles, tomamos quinientas fotos, quizás más, y probamos los mejores helados artesanales de la ciudad.

También aparté el mejor Airbnb de la isla Playa Blanca, cerca de Cartagena, el cual tenía un diseño arquitectónico increíble. Incluso contaba con baño al aire libre y unas vistas geniales hacia el mar.

Me encantó ser su guía dentro de mi país. Recorrimos desde la hermosa Riviera Maya hasta las calles más hipsters de la Ciudad de México. También visitamos a mi familia en mi casa, donde mi madre encantada de conocerla, le presentó la verdadera gastronomía mexicana.

Esos fueron unos de los días más felices de nuestra relación. Y siempre estarán en mi mente.

Así como Vicente Fernandez dice: “Las horas más bonitas de mi vida las he pasado con una dama.”

La inevitable separación

En las relaciones de viajero, hay un problema constante y difícil de solucionar: ¿cuál será el siguiente destino?

Si uno quiere ver a su familia, el otro quiere visitar un lugar de su “bucket list”. Al final alguna de las partes tiene que ceder.

Esto siempre complica las cosas, porque se puede acumular los temores de perderse de algo o generar resentimiento por lo mismo.

En nuestro caso, después de haber viajado juntos por toda Latinoamérica, tuvimos que despedirnos en el aeropuerto de la Ciudad de México. Ella iba a casa y yo visitaba a mi madre, en Estados Unidos.

Era un momento difícil: por primera vez estaríamos en una relación a larga distancia. La cruda realidad era que ninguno de los dos se sentía completamente seguro de querer seguir junto al otro.

Si me preguntas, creo que la única forma de mantener viva una relación de este tipo es con una condición: establecer una fecha segura para verse otra vez.

En nuestro caso, no la hubo. Yo debía estar en EUA un tiempo y aunque después iba a dar una conferencia en Portugal, para ella era difícil ir a Europa; su pasaporte ruso no se lo permite sin visa.

Los días que pasamos separados fueron de reflexión, desesperación y tristeza. Nos dimos cuenta de que teníamos muchas incompatibilidades que hacían imposible una relación duradera.

Durante este tiempo también entendí que aún tenía muchas metas personales que cumplir antes de sentar cabeza… por ende, algunos sacrificios debían hacerse.

La lejanía nos mató. Quizá no en los mejores términos, pero decidimos cerrar el capítulo de nuestra relación.

Un par de meses —y un par de tragos— me tomó superar esta ruptura. Los días de tristeza ya pasaron.

Hoy en día me siento contento.

Últimamente he conocido nuevas personas, pero fíjate que todavía no me siento preparado para algo “serio” (como me dijeron aquella vez).

El problema que tengo con estas experiencias recientes es que hago sufrir a quienes conozco. Se encariñan rápidamente conmigo, pero yo no puedo crear un lazo así de fácil.

Viendo mi situación de cerca, una amiga me comentó algo al respecto con justa razón: “Cuando te conocen y ven cómo es tu estilo de vida, donde conoces a muchas personas, ellas buscan ser la excepción a la regla”.

Por eso mismo soy honesto. Cuando me piden que dé señales o que asegure cuándo o dónde nos vemos otra vez, les comento que no puedo prometer nada.

La cosa es que no estoy seguro de querer dejarme atrapar como la última vez.

Amor en tiempos de nómada

Las relaciones en pareja siempre tendrán su grado de complejidad. Solo que ahora, en nuestras generaciones, le agregamos el problema de viajar constantemente.

Hace poco leí un articulo de una chica nómada que explica muy bien, a través de la descripción de cinco tipos de personas, la probabilidad de que una pareja con instinto viajero tenga éxito.

Están quienes ya están dispuestos a establecerse, los que no se deciden, los que comienzan a experimentar, los que podrían parar y los que son completamente libres.

En mi caso, soy del tipo que no quiere establecerse por ahora, pero está dispuesto a hacerlo pronto.

Estas maneras de pensar van cambiando conforme a nuestras experiencias, nivel de madurez, entre otras situaciones de la vida.

Todo indica que la clave para una relación duradera es: encontrar a alguien que esté sincronizado lo más posible con nuestros planes de vida y viaje.

Si me preguntaras: ¿viajarías con una pareja otra vez?

Te diría: claro que sí.

Soy un ser humano que, como cualquier otro, busca una compañía. Alguien con quien compartir lo más personal; reír, llorar, enojarme. Que juntos hagamos un camino.

Solo que seré más cauteloso. Desde el principio sentaré las bases de la relación.

En realidad no quiero viajar toda mi vida, pero tampoco quiero mantenerme encerrado. Quiero estar con alguien que me anime a lanzarme a aventuras de vez en cuando.

Algún día volveré a encontrar a esa persona que me entienda y a quien yo también entienda. Y entonces nos comeremos el mundo juntos.

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